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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 019) La escuadrilla del arco iris del autor George L. Eaton

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Cuenta la Historia que el día 17 del mes de abril del año de gracia de 1610, el osado navegante inglés Henry Hudson se despidió de la alegre ciudad de Londres y emprendió la peligrosa aventura de buscar una ruta comercial nueva y más corta que condujera a los mercados de Oriente. Hudson puso rumbo al Norte y al Oeste, por aguas inexploradas. Le acompañó una tripulación compuesta de viejos lobos de mar, ladrones y asesinos secuestrados en los tugurios del puerto y en las tabernas. ¡Extraña banda de hombres desesperados que acometían extraña desesperada empresa! Pero el más extraño de todos era aquél de quien la Historia no dice una palabra, el solitario pasajero del «Discovery». Era el pasajero en cuestión una caricatura de hombre, un encorvado y pellejudo, viejo y arrugado, de ojos hundidos, que parecían ascuas, y de extrañas costumbres: Levequé, el alquimista. Un místico adiestrado en la química de la Edad Media, eterno buscador de la piedra filosofal; del infalible solvente, el alkahest; de la panacea universal, remedio de todos los males; y del elixir de larga vida. Hombre de sombras y de cosas nada naturales era aquel Levequé.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 007) La flor sangrienta del autor George L. Eaton

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Desde aquella nebulosa mañana de abril de 1932 en que el comandante Antonio Tomlinson, inventor, trotamundos y explorador, desapareció por completo desconociéndose su destino y su suerte, no se había vuelto a tener noticia del oficial retirado. Aun después de transcurridos dos años, el recuerdo de aquella mañana estaba grabado en la mente de Bill Barnes. El famoso aviador se acordaba, detalladamente, de los turbulentos minutos que mediaron entre la hora en que sonó el teléfono colocado al lado de su cama, cierta mañana, al rayar la aurora. Las estridencias del timbre le despertaron con sobresalto, y buscó, instintivamente, la pistola que tenía debajo de la almohada. El teléfono volvió a sonar. Soltó la pistola y descolgó el auricular.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 030) El Lanza de Plata ataca del autor George L. Eaton

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Tres hombres estaban sentados en una de las habitaciones interiores de una suite del piso quince, en un alto edificio de la capital de la nación. En la puerta de entrada que daba al pasillo, estaba pintado un nombre: Liga del Aire del Futuro. En una mesa de trabajo, en la oficina exterior, se sentaba un hombre de cara pálida, de edad indeterminada. Leía una revista. Tenía unas orejas que sobresalían de su cabeza como las palas de un molino de viento. Dentro de su cabeza había un cerebro que era tan pequeño como eran de grandes las orejas. Si su cerebro hubiera sido tan grande como sus orejas, podría haber oído y comprendido algo de la conversación que tenían los tres hombres en la habitación interior. Y escuchando podría haber salvado también una veintena de vidas. Porque aquellos hombres hablaban de muerte, y de destrucción y asesinato en lo alto del cielo.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 023) El hombre azul del autor George L. Eaton

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Yo debería, ya estar muerto, convertido en cenizas, entre los restos de un avión de carreras. Hace de eso cinco años. Pero por la bondad de Dios y gracias al valor de un hombre, puedo contarla todavía. Tengo contraída con ese hombre la mayor de las deudas... Mi vida. Se la debo hace ya cinco años y aún no me ha sido posible pagarle. Lo he intentado varias veces. Mi auxilio le habría sido eficaz en alguna ocasión, pero él ha frustrado todas mis tentativas. Y ahora voy a contarte cómo sucedió la cosa: Yo era piloto de pruebas de la 'Carse Aviation Corporation'. Habían inscrito un avión de carreras en la reunión de 1930, en la que se admitían aparatos de todas las características. El avión, en cuestión era muy pequeño, de ala baja, casi todo motor y nada más. Lo probé a fondo y pude cerciorarme de que funcionaba de un modo magnífico y que tenía una velocidad extraordinaria.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 03) El fantasma de la niebla del autor George L. Eaton

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El vigía fue el primero en descubrirlo y su clara voz exclamó: -¡Aeroplano a babor! El primer oficial del Laconic, el enorme transatlántico que seguía su camino a través de la inmensa llanura del Atlántico, se volvió rápidamente hacia el lugar indicado y pudo ver el pequeño aeroplano. Resultaba un espectáculo raro ver aquel aparato sobre las aguas grises y revueltas del Atlántico del Norte. Por un momento sus plateadas alas chocaron contra la espuma de una ola y luego desapareció detrás de su cresta. El primer oficial lo buscó con la mirada, en el momento en que el barco se levantaba sobre una colina de agua salada. De pronto su rostro manifestó el mayor asombro, porque en el valle formado por las aguas no había ninguna huella de aeroplano. El pequeño aparato había desaparecido por completo.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 024) Los aviones piratas del autor George L. Eaton

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Estaban dos hombres sentados a un velador de hierro, en la acera, ante el Hotel de la Paix, de la isla de la Martinica. Tras ellos, en el centro de la plaza, se erguía la estatua de mármol de la más famosa entre los naturales de la isla: la emperatriz Josefina. Rodeada de magníficas palmeras reales, la figura representada por la estatua parecía escuchar con tristeza y añoranza la música de la banda que tocaba a poca distancia de su pedestal. Los alegres tejados rojos y las celosías pintadas de verde de las casas circundantes, en la amplia plaza, formaban un fondo muy adecuado para los indígenas vestidos de vivos colores, que circulaban por entre los senderos del jardín de la plaza. Las risas suaves y musicales de las mujeres parecían ser el contrapunto del ruido leve que hacían al oscilar sus largos pendientes. El cielo, de intenso azul, el mar, casi de color violeta, las palmeras que se mecían al viento y aun el mismo ambiente parecía proclamar que corría la primavera en Fort de France. Algunas muchachas de tez casi cobriza reían y lanzaban miradas a sus morenos compañeros. Era la época de la diversión y del amor.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 017) El signo del puma del autor George L. Eaton

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Cuando Bill Barnes abrió los ojos, la habitación empezó a dar vueltas a su alrededor, describiendo círculos rápidos. Sillas, mesas, lámparas y aun las estanterías de los libros, parecían dirigirse raudos hacia un rincón. Y la cabeza del aviador iba de un lado a otro como la de un boxeador atontado por los puñetazos de su contrario. Sentía el cuerpo bañado en sudor frío. Contrajo violentamente las mandíbulas y trató de concentrar la mirada en un jarrón que estaba sobre la estantería de la biblioteca. Y el vaso empezó, aparentemente, a girar de tal modo que Bill se sintió mareado. Quiso llevarse las manos a su dolorida cabeza y entonces observó que no podía moverlas. Las tenía fuertemente atadas a la silla en que estaba sentado. Unos trozos de alambre sujetaban con firmeza sus tobillos a las patas del mueble. Otro alambre que lo amarraba al sillón le oprimía el pecho.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 025) Espectro Negro del autor George L. Eaton

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Sólo se aparecía de noche, como sombra fugitiva o hijo de las tinieblas. Llegaba sediento de poder y de venganza. Procedía de la región de las tumbas y estaba dotado de un poderío satánico. ¡Era el Espectro Negro! Su cuerpo cadavérico estaba envuelto en negro. Una amplia capa pendía de sus esqueléticos hombros y llegaba hasta el suelo, cuyo polvo barría; sus manos estaban ocultas por unos guantes negros y un capirote le cubría toda la cabeza. De aquel hombre no se veía más que los ojos, que se asomaban resplandecientes a través de los agujeros del antifaz. ¡Era el Espectro Negro! Tal es su historia... El Espectro Negro. Y es también la historia de Bill Barnes, el piloto de fama mundial, a quien escogió el Destino como antagonista del Mal. Este es un relato que no tiene nada de agradable, porque cuenta pestilencias y horrores, habla de maniáticos y de asesinos, trata de aviones tonantes y de cielos ensangrentados; y también refiere los combates con ametralladoras y repite el tamborileo de las balas. En una palabra, habla del Espectro Negro... y de la Muerte. Por lo que se refiere a Barnes, el caso empezó, en realidad, cuando se comprometió a llevar por el aire a Max Stonge a Viena.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 005) El cráneo de diamante del autor George L. Eaton

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«Arroja una piedra en un vasto y profundo lago y sus círculos llegarán hasta las orillas más lejanas». Así dice un antiguo proverbio chino. Se encontró una piedra en África del Sur. Era un diamante. Pero no un diamante vulgar y corriente, sino una piedra mayor que el famoso Culliman. Sin embargo, no era esto lo más extraordinario. Aunque el tamaño del recién descubierto diamante superaba a casi todos los conocidos,el técnico de la gran Compañía Minera de Beers declaró que era sólo el fragmento de una piedra mucho mayor. Y esa piedra fue arrojada al vacío. ¡La robaron! Los círculos notificando su desaparición se extendieron con rapidez a través de Africa, India y China, llegando hasta los muros de una ciudad casi perdida bajo las arenas del desierto del Gobi, en la remota Mongolia. Y en Mongolia, fantástico país de las vastas estepas, de demonios y brujería, patria de Genghis Khan y de la horda mongol que arrasó al mundo antiguo, los círculos hallaron las orillas donde desvanecerse. La historia se borró del recuerdo de los hombres blancos, pero la pequeña ola formada por ella, atravesó Shangai, balanceando en sus amarras a una flota de hidroplanos amarados en el puerto. Y pasando más allá de ellos, penetró por un cuartito del segundo piso del edificio del consulado inglés en Shangai.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 026) La escuadrilla silenciosa del autor George L. Eaton

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Taggart Bone ocupaba la cabecera de la mesa, magníficamente servida, del comedor de su yate Priscila, de sesenta metros de eslora y provisto de motores de aceite pesado. Las cuatro esposas de los altos funcionarios gubernamentales, sentadas en torno de la mesa, observaban, con la mayor envidia, el tacto y la habilidad con que Taggart Bone desempeñaba sus funciones de anfitrión. El menú era magnífico, los vinos excelentes y el servicio perfecto. Pero, además de todo eso, la conversación y el ingenio de Taggart Bone eran, realmente, brillantes. Sabía conversar con una persona y, al mismo tiempo, observar los deseos de otro que se hallara en el extremo opuesto de la mesa. Era un anfitrión perfecto. Tal como todas las mujeres allí reunidas deseaban que fuesen sus esposos. Era tan vasta su experiencia, que podía tratar los más diversos temas. Y en todos sus relatos, sabía evitar el odioso 'yo'

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El imperio secreto del autor Eaton| George L.

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Los seis Kawasakis surgieron como buitres bardados de acero. ¡Traición! ¡Imprevistos pájaros de muerte! Bill Barnes, al frente de su escuadrilla de seis Snorters y tres aeroplanos de transporte de diecisiete toneladas cada uno, en correcta formación, volaba a través del deslumbrante cielo azul del Mediterráneo. Desde la carlinga del aeroplano almirante, el "Hellion", Barnes había sido el primero en ver al enemigo, en cuanto éste había surgido del desierto del Sahara, amarillo y anaranjado, que se perdía de vista en el horizonte caluroso. Con un rápido movimiento, Barnes señaló los Kawasakis a Sandy Sanders, el muchacho piloto, que estaba devorando un sandwich a su lado, en el segundo puesto de pilotaje.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 013) El Escorpión Negro del autor George L. Eaton

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Max Preece era un hombre pequeñito. Tuvo que hacer uso de toda su fuerza concentrada para clavar el puñal en la garganta del descuidado guardián. Este murió rápida y silenciosamente. Preece levantó el inanimado cuerpo, lo llevó hasta las rocas y allí lo hizo rodar sobre sí mismo, para que descendiera por el tortuoso sendero, hasta hundirse en las aguas del mar. La noche era negra y el viento del Atlántico meridional muy cálido. Preece halló el bote de remos en la pequeña cala rocosa, donde había sido escondido. Luego lo empujó y saltó a su bordo. Empezó a remar con el mayor cuidado, en tanto que volvía su anguloso rostro hacia los amenazadores acantilados de la isleña prisión francesa, dando, al mismo tiempo, la espalda a la oscuridad que ocultaba el aeroplano que le aguardaba. El silencio era absoluto, excepción hecha de las regulares embestidas de las olas contra las rocas y el goteo del agua que caía al mar cuando levantaba los remos. Estaban a obscuras los edificios encaramados en lo alto de aquella masa de rocas. Preece encorvó sus débiles hombros para aplicarse a la tarea de remar y apresuró el compás de sus movimientos. No disponía de mucho tiempo antes de que se descubriese su fuga. Dos guardianes asesinados y un preso fugado.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 028) Caído de las alturas del autor George L. Eaton

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A última hora de la tarde de un día de mayo de 1930, Bill Barnes apuntó la proa de su anfibio hacia un agujero que vió en las nubes, en el momento en que divisó por debajo de sus alas los alrededores de la ciudad de Miami, en la Florida. El sol, que entonces tenía el aspecto de una gran bola de oro, entonaba su canto del cisne al hundirse hacia los bosquecillos de palmitos que había al Oeste. Más abajo, las aguas de la bahía de Biscayne reflejaban los tonos amoratados y cobrizos del sol en sus danzarinas olas. Una sonrisa de niño se pintó en el rostro juvenil de Barnes, en cuanto vió el indicador del viento, situado en la parte superior de uno de los hangares del aeropuerto internacional. Inclinó ligeramente hacia atrás el poste de mando y se fijó en las sombras que jugueteaban en las aguas de la bahía y en los objetos que se movían lentamente y que no eran sino los automóviles que se dirigían a la playa.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 020) La isla de los cruzados del autor George L. Eaton

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El piloto de moreno rostro que tripulaba el rápido biplano, provisto de camareta, cantaba ante su micrófono en cuanto se extendió por debajo de él la ciudad de Esmirna, también llamada «El Ojo del Asia Menor». Las aguas, casi cubiertas por la niebla del Golfo, tomaron un color azul al recibir la luz del sol naciente. Un extenso panorama de casas de rojo tejado, huertos llenos de higueras y esbeltos alminares se apareció en aquel momento a la esfera del avión y desapareció rápidamente. La piel de color aceitunado de aquel hombre parecía tirante sobre el rostro cuando examinaba el espacio hacia delante. El indicador de velocidad de su cuadro de instrumentos, señaló doscientas veinticinco millas por hora mientras abría aún la llave del gas. —Llamada a Q-2, llamada a Q-2, llamada a Q-2-repitió ante el micrófono, mientras examinaba el cuadro de instrumentos. En un momento y a través del éter, llegó una voz a sus oídos. Sonaba de un modo confuso. —G-2, al habla —exclamaba aquella voz distante—. Q-2, al habla. —M-R, al habla... tengo importantes despachos para Q-2. Importantes despachos para Q-2. Dentro de una hora volaré sobre Rodas.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 027) El agente traidor del autor George L. Eaton

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Empezaron los sucesos en la población de Westover, en el norte de Michigan. Aquel miércoles, por la tarde, llovía a torrentes, y el pequeño edificio de una planta y de una sola estancia, dedicado a estafeta de correos, estaba desierto de clientes. El viejo Patrón Murdock, jefe de correos, de cabellos canos, estaba sentado en la parte posterior, en un sillón de mimbre bastante estropeado. Tenía cerrados sus hundidos ojos y las gafas apoyadas hacia la mitad de su larga nariz. Perezosamente escuchaba el tamborileo de la lluvia, sobre el tejado de plancha de cinc y extendió sus piernas, envaradas por la edad, hacia el calorífero de petróleo, que estaba ardiendo, y luego bostezó. Sobre la estufa había puesto un escalfador a fin de calentar el agua para el té de la tarde, y del pitorro salía un continuado chorro de vapor. Empezaba a gorgotear suavemente el agua cuando el viejo Patrón oyó que la puerta de la calle se abría y se cerraba en seguida. Dio un suspiro, guiñó los cansados ojos azules y, con algún esfuerzo, se puso en pie. Vio a un hombre de estrecha cintura, que entraba presuroso y se dirigía hacia la ventanilla correspondiente a la pared en que estaban los buzones.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 029) La Hermandad de la Muerte del autor George L. Eaton

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El presidiario condenado a cadena perpetua, de ojos duros y rostro pálido, que cruzaba el patio de paseo de Sing Sing, pasó por el lado del joven que iba a ser libertado al día siguiente, y dijo sin mover los labios: -Vete a ver a Nick Laznick. El asesino de tez amarilla, hambriento, que cruzaba por las concurridas calles de Singapur, oyó una voz ahogada que decía: 'Nick Laznick está en Nueva York'. El suave confidente, sentado en una de las lujosas habitaciones que había tomado en el Hotel Imperial de Melbourne, Australia, decía en voz baja ante el teléfono: -Me ha enviado Nick Laznick. El marinero de rostro brutal, que se apoyaba en el manchado mostrador del bar en Nome, Alaska, hizo una seña al encargado del bar para que se acercase y le dijo: -Es un trabajo de Nick Laznick. Aquel nombre era pronunciado en voz baja en los barrios habitados por la gente del hampa de todo el mundo. Desde el barrio de Whitechapel al barrio Chino, de San Francisco; desde los tugurios de El Cairo hasta los clubs nocturnos de Chicago, sonaba en los oídos atentos y surgía de bocas que lo pronunciaban en voz baja. Extendíase como una plaga mortífera y llegó a ser, ya no un nombre sino una leyenda, un símbolo del poderío del crimen organizado. Y a unos les comunicaba esperanzas y otros les infundía terror.

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La escuadrilla de la tormenta del autor George L. Eaton

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El monoplano de alas bajas, con sus luces de navegación extinguidas, voló sobre Washington a las dos de la madrugada. Una constante llovizna caía tamizada de un techo de espesas nubes. Las luces de la capital se vislumbraban confusas, perdiéndose hacia retaguardia, borradas por las tinieblas de aquella noche de impenetrable oscuridad. El monoplano volaba veloz, rumbo al Oeste, en un vacío sin límites. Dos hombres ocupaban la pequeña carlinga. La luz indirecta del cuadro de instrumentos mostraba sus rostros como manchas blancas en la oscuridad. Permanecían silenciosos. Unos diez minutos escasos les separaban de Washington, cuando el piloto se inclinó, dirigiendo la mirada hacia el cuadro de instrumentos. Medio se volvió en su asiento después de examinarlos.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 006) Alas del país de la nieve del autor George L. Eaton

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Bill Barnes se inclinó hacia delante en el asiento del piloto del gigantesco aeroplano de transporte completamente metálico, y miró a través del grueso cristal de la izquierda de la carlinga. Debajo del aparato se extendía una enorme masa de cúmulos. Más abajo no se divisaba siquiera la tierra, pues la ocultaba aquella espesa cortina blanca. Por arriba, el cielo aparecía como una enorme bóveda de color azul claro y el cálido sol de una mañana de junio se reflejaba en las esbeltas y metálicas alas del gigantesco aparato de transporte. Los ojos del famoso as estaban semi cerrados, cuando los volvió hacia el círculo iridiscente trazado por la hélice del motor del ala izquierda. Entonces el aviador examinó el aire hacia delante y a la derecha. No vio nada inquietante ni amenazador. Una arruga apareció en su frente y sus ojos mostraron cierta preocupación.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 011) Sangre sobre Borneo del autor George L. Eaton

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Precisamente entonces Shorty Hassfurther se hallaba en el mayor apuro de su vida. Física y mentalmente sufría terribles torturas y, lo peor de todo, era que aquello ocurría en la carlinga de su muy amado avión de caza. Revolvíase a intervalos de pocos minutos. Habían intentado todo cuanto sabía cerca de la telepatía, para intentar el soborno, pero nada le dio resul-tado. Cada vez que se volvía para mirar a su espejo retrovisor, podría ver el mis-mo tubo de acero azul que le apuntaba. A fuerza de contemplar aquel arma amenazadora, Shorty llegó a tener la sensación de que le apuntaba, no un pequeño revólver, sino un cañón de 16 pulgadas. Y, a no ser por el dedo, semejante a una garra, que estaba doblado sobre la palanca del disparador, hubiera tenido la convicción de que la amenaza procedía, en realidad, de un cañón y no de un arma corta. -¡Con qué gusto le daría un puñetazo de los míos! -murmuró Shorty diri-giendo otra mirada hacia atrás.

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Bill Barnes, Aventurero Del Aire 014) Piratas de la estratosfera del autor George L. Eaton

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El viejo Carmichael, el Comandante Enoch Carmichael, desertor del Ejército inglés y, más tarde, de la Imperial Armada Alemana, se subió su manga derecha de su traje y consultó su reloj pulsera. En su ancho y sonrosado rostro, se dibujaba una sonrisa de satisfacción. Movió su cuerpo enorme y empujó a un lado el sillón tapizado de cuero. Luego, por espacio de un instante, miró a través de la ventana, hacia las luces que brillaban ante él. De nuevo se dibujó una sonrisa en su semblante. Su cabeza cubierta de cabellos grises y revueltos, resplandecía al recibir los rayos de luz que alumbraba la cámara. Y casi cerró por completo los párpados, ocultando sus ojos de azul de porcelana. Profiriendo un gruñido estentóreo, tomó unos auriculares y los ajustó a su cabeza. Luego enchufó las clavijas en un cuadro que tenía ante él y se puso en comunicación con el oficial de guardia en la góndola número uno.

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